La amabilidad de los extraños
Ahora es cuando dices, aunque este libro no trate exactamente de una familia, que vas a citar el principio de Ana Karenina, sí, mujer, aquello de que todas las familias felices se parecen pero las desgraciadas lo son cada una a su manera. No trata de una familia exactamente sino de una mujer, pero siempre acabamos llegando a una familia. Y, ahora que lo pienso, la cita le va como anillo al dedo al otro libro que te acaba de gustar, el de Delphine de Vigan. Vale, igual sería mejor que pusieras un poco de orden en tu cabeza y no lo liaras todo.
Mary Lohan, Marilé Lauría, María Elena Pujol, tres nombres y una sola mujer. En apariencia. Porque si se cambia de vida, si se deja atrás una vida más o menos insoportable, o invivible, si se huye de una misma, ¿se sigue siendo la misma mujer? ¿O cada nombre significa una nueva persona? Y así podría seguir encadenando preguntas sin respuesta. El daño que se hizo, los errores que se cometieron, las decisiones que se tomaron, los silencios clamorosos, el olvido memorioso, todo son preguntas y para ninguna hay respuesta, o una sola respuesta. Y no se encuentra comprensión ni perdón, ni en una misma ni en las personas que deberían ser nuestro colchón emocional y que se convierten en turba acusadora. Queda el vacío y la dependencia de la “amabilidad de los extraños”:
“Es muy duro…”, pude agregar. Y él dijo: “Lo sé, claro que lo sé”. “Algún día va a pasar”, me dijo, “no el recuerdo, ni siquiera la pena, eso siempre queda, pero dolerá menos”. (Pág.152-153)
Así que esa Mary Logan que regresa a Buenos Aires por motivos laborales no nos engaña, nos va diciendo que hay algo más, pero Claudia Piñeiro no nos deja saber qué es, nos va guiando como en una novela policiaca a través del sufrimiento de la narradora. Y lo hace con suspense. Abre con un párrafo breve sobre una barrera baja y un tren que no llega y luego se pone a otra cosa. Y pasadas diez páginas vuelve al párrafo de la barrera baja y el tren que se supone que no llega. Y repite el truco dos veces más. Para entonces ya sabes que no es un truco barato y sabes que leerás hasta el final con el corazón encogido pero con enorme placer. Y sabes también que la narradora escogió la primera persona para no esconderse en la tercera, porque eso, esconderse, no afrontar su responsabilidad es lo que hizo hasta ahora. Ya me estoy poniendo trascendente así que hasta aquí puedo contar. Os toca salir corriendo a la librería de guardia o a la biblioteca de cabecera, que esta es una lectura excelente para ir entrando en el verano. Después ya añadiremos otras cosas, por ejemplo el libro de Delphine de Vigan. Pero ese para otro día, con o sin cita de Ana Karenina.
CLAUDIA PIÑEIRO. Una suerte pequeña. Alfaguara, 2015

No hay comentarios:
Publicar un comentario