EL HÚNGARO NO ES FELIZ:
Último día en Budapest, de Sándor Márai
Ser una mujer con pasado es lo que tiene, que se van acumulando vivencias, deseos, planes realizados o no, pero también filias y fobias, algunas, inconfesables y otras, inexplicables. Sobre las inconfesables conviene correr un tupido velo, pero que muy tupido.
Y de las filias inexplicables, aquí va una. In illo tempore, cuando hacía poco tiempo que se había dejado de decir la misa en latín (no me resisto a meter aquí una morcilla, porque las misas no se dan, esto me saca de quicio; las misas se dicen, se rezan, se ofician, se celebran, o se concelebran, si son muy solemnes, pero no se dan), in illo tempore, decía, cayó en mis manos una novela de un escritor de nombre impronunciable, Lajos Zilahy, Primavera mortal; aquellos libros Reno, de feliz memoria y traducciones discutibles, favorecían estos descubrimientos. Budapest era para mí la capital de Hungría, había estudiado la geografía física y política de Europa, era aficionada a los mapas, en el libro de geografía universal de mi bachillerato había una foto del parlamento de Budapest y con eso estaba cubierta mi cuota cultural.
Y entonces llegó Lajos Zilahy. Después de Primavera mortal les tocó el turno a Las cárceles del alma y a El alma se apaga y, por fin, Los Dukay. Entonces se produjo el milagro, Hungría y Budapest, sobre todo Budapest, pasaron a ser mis territorios míticos, o, mejor, unos de mis territorios míticos, porque a lo largo de la vida fui acumulando muchos más. El telón de acero y las telarañas de mi cartera contribuyeron a alimentar el mito ante la imposibilidad de plantearse un viajecito. Los libros de Lajos Zilahy se volvieron inencontrables y otros autores eran desconocidos; solo la película Cortina rasgada era una posibilidad de alimentar el mito. Ya, sí, que la protagonizara Paul Newman también ayudaba.
Y hete aquí que pasan unos años, bastantes, y en 1999 la editorial Salamandra publica El último encuentro, de un tal Sándor Márai. Pues otro hallazgo; me gusta usar la palabra hallazgo para estas y otras cosas que, si no, se la van a apropiar definitivamente los médicos y para nada bueno. Después vinieron La mujer justa, La amante de Bolzano o La herencia de Esther. Pero mi olimpo húngaro estaba un poco incompleto hasta que Javier, mi Amado Jefe, me dijo tienes que leer esto, ¿o fue al revés? ¿quizá fui yo la que le dije lee esto? Esto era La puerta y, su autora, Magda Zsabó. Y así completé si no el olimpo, al menos su santísima trinidad.
Y todo este rollo, que dirían mis niños, para llegar a que estoy leyendo una obra deliciosa de Sándor Marái.
Sándor Marái vivió entre 1900 y 1989. En 1948, con la llegada del comunismo, abandonó Hungría, después de haber sobrevivido a los nazis. En ese momento era uno de los autores de más prestigio de la literatura europea, pero al ser prohibido en su país fue condenado al olvido y no fue redescubierto hasta la caída del comunismo.
Este libro que leo ahora, recién traducido al español, fue publicado en 1940 con el título Simbad vuelve a casa. Simbad era el protagonista de muchos relatos de un escritor y periodista húngaro, completa e injustamente olvidado, al que Sándor Márai consideraba su maestro, Gyula Krúdy. Krúdy, que tuvo una vida breve, fue un personaje bohemio, de aquellos de la bohemia de entreguerras. Márai siempre reconoció en él a su maestro y con esta novela le rinde tributo. La compone con recuerdos de Gyula Krúdy y con los suyos propios y es una novela, no una biografía de Krúly, aunque este sea el protagonista convertido en Simbad, el marino, y la personalidad de este Simbad sea la de Krúly. La novela recorre un día de la vida de Simbad, un día muy especial, en el que sale de su casa en Óbuda, casa que ya abandona pocas veces, porque tiene escribir y entregar un artículo en el periódico para conseguir los dieciséis pengös que necesita para comprar un vestido a su hija Zsoka. Promete a su mujer que volverá pronto a casa para cenar y que no beberá nada por el camino. Y la lectora empedernida sabe que no va a cumplir su promesa, no de modo premeditado, no, lo hará como sin querer porque un escritor bohemio no es que mienta, es que las circunstancias lo van a llevar por donde solía, que la bohemia no tiene horarios. La lectora recuerda a Max Estrella, escritor bohemio con esposa e hija, y recuerda su última noche, con Latino de Híspalis, por las calles de Madrid, de un Madrid castizo en vías de extinción y no puede evitar preocuparse por Simbad. ¿Tendrá Simbad su Latino, su taberna de Picalagartos, su Enriqueta la Pisabién? ¿Le dolerá a Simbad Budapest como a Max le dolía Madrid? ¿Conseguirá el dinero para el vestido de su hija y cumplirá la promesa hecha a su esposa? ¿Estará Simbad reconcomido por la amargura como Max? No tiene sentido preguntarse si esta será la última noche de Simbad porque el título en español, Último día en Budapest, es un destripe, ay.
Simbad se despide de su esposa, la del final de sus días, la que le había traído paz, que los escritores no se avienen con la felicidad, y se sube a un carruaje detenido ante la taberna de enfrente. El cochero lo reconoce y sabe a qué sitios lo tiene que llevar y a cuáles no. Porque a Simbad lo que le duele es la Hungría que ya no existe, que se está desvaneciendo y siendo sustituida por costumbres irreconocibles y demasiado modernas; el cochero lo sabe y lo comparte, y se alegra de servir una vez más al viejo escritor. A ellos se unirán a lo largo del día Ede, el maître literario que había alimentado a varias generaciones de escritores, aún más duro que Simbad con los escritores del momento, a los que reprocha su modernidad, tienen la desvergüenza de “practicar deportes, van a nadar y a esquiar, y se dedican a otras actividades igualmente sospechosas, supuestamente saludables”. Artúr, el cuentacuentos, y Várdali, el discípulo, se le unirán a lo largo del día y serán los confidentes de las palabras y de los silencios de Simbad. Porque Simbad habla, o piensa, mucho, pasando revista a la Hungría tradicional, la que los escritores crearon durante mil años en la llanura ocupada por Árpad con la lengua extraña e incomprensible en su belleza para todos sus vecinos, traída por él y sus hombres desde sus tierras originarias en oriente. Reflexiona sobre la vida y la muerte, sobre hombres y mujeres, con especial interés en la vida y las ocupaciones de los húngaros, varones fuertes, tristes y melancólicos; mira hacia atrás y se pregunta dónde están, qué se hicieron, “qué habría sido de aquellos hombres, de aquellas figuras superiores de la edad heroica?”. ¿Y este ubi sunt? Al modo de Jorge Manrique lo desgrana en una taberna, con sus acompañantes, el cochero y el poeta, ante un trozo de tocino, el summun de la despensa húngara, el “queso de cerdo”. Sobra decir que desde el momento en que aparece el queso de cerdo en la narración a la lectora empedernida se le cuela una sonrisa que no la abandonará en toda la lectura.
El amor por su esposa y su hija, el recuerdo nostálgico de su padre, allá en provincias, la vida sencilla de la aldea frente a la ciudad, Pest, las redacciones de los periódicos, las apuestas en las carreras, los cafés de Pest, las viejas rivalidades con Viena o Praga, la comida, el vino, Hungría, los húngaros altivos, recios y viriles además de melancólicos y tristones. Y la escritura y los escritores. ¿Por qué escribía Simbad, el marino, que solo había visto el mar una vez, de niño y que nunca había viajado al extranjero? Márai empieza en la página103 a decir por qué escribía Simbad y apenas termina en la página 150; y no, no se hace pesado, ni aburrido, ni reiterativo, es un disfrute el recuento de todos los motivos por los que escribe Simbad; y es un disfrute la habilidad con la que Márai maneja las enumeraciones de motivos, las explicaciones de alguno de ellos, el vocabulario ajustadísimo a lo descrito y narrado. Y la lectora empedernida alimenta la sospecha, y casi tiene la certeza, de que Sándor Márai recrea la figura de Gyula Králi, sí, pero la completa con su propio yo, de manera que ese Simbad de palabras y silencios es también reflejo de los silencios y palabras de Sándor Márai.
Muchos años después de Lajos Zilahy, después del suicidio de Márai y de la caída del Muro de Berlín y del régimen comunista húngaro, la lectora llegó a Budapest dispuesta a disfrutar del deslumbramiento. No había leído a Sándor Márai pero Budapest era, en ese momento, como Simbad la había visto años atrás: triste, sucia, como una vieja dama ajada por el paso del tiempo y las penurias, brillante debajo de toda la grisura. Melancólica y sin felicidad. Pero los mitos se sobreponen a todo. Comí gulash, bebi Tokaj de cinco putonyos, arrastré el cansancio del turista por las calles de Buda y los cafés de Pest, compré cacharros y telas, visité el mercado, un paraíso para los sentidos, acompañé a una legión de guiris de todas las nacionalidades en un paseo en barca por el río, ese Danubio vertrebrador de Europa. Y prometí volver. Agún día.
Y la lectora empedernida volverá. Porque entre mitologías y pasteles de Gerbaud, en la plaza del poeta Vörösmarty, se descubrió dueña de alma húngara, nostálgica de la Gran Llanura, melancólica y poco propensa a la felicidad, como los varones húngaros llegados de oriente con Árpad.
P.S. Y llegué al final sin mencionar a Sissy, Emperatriz de Austria y Reina de Hungría ni al Conde Andrassy. Bien.
Severina Velasco González
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