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"Vivir sin leer es peligroso, porque obliga a conformarse con la vida"
Michel Houellebecq




martes, 25 de agosto de 2020

IRENE VALLEJO. El infinito en un junco


Los lectores enloquecidos carecemos del sentido de la medida, no les debemos nada a las vírgenes prudentes del evangelio. Vemos un libro y sentimos mariposas en el estómago. Ah, que no, que me dicen aquí que eso era con el amor. Pues será que la lectura es una suerte de enamoramiento. Empezamos un libro y lo llevamos de la mano por casa por si entre lavadora y sartén podemos echarnos un par de páginas al coleto. Mi madre me animaba a leer y alimentaba el vicio comprándome libros, pero eso de que me mandara limpiar el polvo y yo escondiera el libro debajo de la gamuza marrón con cuadro amarillo hasta encerrarme en la habitación que fingiría limpiar no lo llevaba nada bien, la pobre; pensaba que me enmendaría con la edad; ¿qué diría si me viera tanto tiempo después paseando el libro por casa, ahora ya sin esconderlo?

Además, cuando terminamos una lectura que nos gustó mucho, pequeñas mujeres rojas, por ejemplo, parece que deberíamos tomarnos un descanso para rumiar lo leído y disfrutar de una segunda digestión. Y no, lo que hacemos es buscar otra lectura rápidamente, elegir de entre el montón que seguro que nos está esperando y aburrir a nuestros amigos lectores para que lean ellos también a Marta Sanz y comentarla después.

Pero ya lo que nos muestra como pasados de vueltas es recomendar con entusiasmo un libro sin haberlo leído. ¡Pues claro que me atrevo! Acabo de decir que Prudencia y yo no nos tratamos mucho.



Millás, Maruja Torres, Landero, Luis Alberto de Cuenca y un largo etcétera lo recomiendan, pero Rebeldía me susurra al oído que no me fíe, que quiénes se creen estos que son para recomendar nada, que yo elijo libremente sin dejarme influir por nadie. Ja.

Libro grande. Ensayo. Gordo. Cuatrocientas dos sin contar agradecimientos ni bibliografía. Preciosa imagen en la cubierta y textura rugosa que invita a acariciarlo. Enamoramiento, ya digo.  El infinito en un junco es el título. La invención de los libros en el mundo antiguo, subtítulo, deja muy claro que no es una novela veraniega. Y la autora, Irene Vallejo, una mujer joven con mucho trabajo ya a sus espaldas. Y dije “ahora empiezo” con cierto escepticismo.

Al principio está el índice. Atractivo. Después de la dedicatoria a la madre (ay, las madres y los libros) hay una página con citas. Preciosas. Tenéis que disfrutarlas. Y, como el mar está cerca y hoy hace muy bueno, mirada lánguida al mar, que no se diga que no le echamos teatro a la lectura. Por fin, el prólogo. Que levante la mano quien lea los prólogos. Premio, lo habéis adivinado.

Siete páginas de nada. Empiezan como una novela y son una declaración de intenciones. Solo conozco a la autora por sus artículos de prensa, que me gustan, pero este prólogo me anuncia que me voy a llevar muy bien con ella y que el paseo por su libro va a ser un placer. Sé que nos vamos a entender: el amor por los libros nos une. Mariposas en el estómago.

El infinito en un junco. La invención de los libros en el mundo antiguo
Irene Vallejo
Siruela, 2020





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