Tres poemas de Perra mentirosa. Madrid, Bartleby, 2010. Como calzarse la palabra mujer sin que el pie zancajee dentro del zapatito. Después, muy pronto, los cordones aprietan y el cuero, el tafilete, el charol, nos hacen rozaduras y ampollas que nunca cicatrizan. En mi sueño político friego con un potente y destructor producto antigrasa el frente mugriento de una cocina. Sale el blanco bajo el amarillo y yo comparto la casa con un feroz, pasado y criminal presidente del gobierno. Al fina de la historia (eres una perra, una perra y una perra), la comadreja me cae simpática porque alaba mucho mi trabajo. Mucho. Mi trabajo. Ay, amor, si yo pudiera explicarte todo esto, no te escribiría ningún poema, no te contaría que sueño con gatos y mujeres, no te diría ni una mentira más. Ahogaríamos a la perra en un barreño, contrataríamos a un psicoanalista, nos iríamos a vivir al campo, levantaríamos un invernadero y comeríamos frutas tropicales recién traídas de un gran hipermercado. Ay, amor. Entonces sí que nos dolería todo y deberíamos ingerir un montón de yogures para curarnos del extrañamiento.
Marta Sanz y alguno de sus libros
Y un poema de Vintage. Madrid, Bartleby Editores 2013
«Huella en la nieve,
Sudor que abrasa la piel.
Como los ácidos.»
Un poema a Miguel
Un poema a Miguel
debería incluir
una previsión meteorológica.
Para aguantar el barro,
torrentera,
lluvia
que limpiará
la escápula y las tibias
por debajo, en la raíz,
del surco en barbecho.
Un poema a Miguel
debería apretarse
entre los hierros
de un aparato
para enderezar los dientes.
Contener la dentellada
y la grieta de la luz
en que se abren
el pubis de la mujer
y la herida del mundo.
Luna y aprendizaje de los ingenieros de caminos.
Hachazo,
por donde se palpa la tierra
para arrancar minerales.
Sangre que se hizo costra.
Fusiles, soldados, comida de pobre.
Las partes blandas del cuerpo.
La hoz de óxido rojo
y el martillo, cabeza azul del metal y del mercurio,