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"Vivir sin leer es peligroso, porque obliga a conformarse con la vida"
Michel Houellebecq




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sábado, 21 de septiembre de 2019

Lo que el corazón quiere


La poeta, Emily Dickinson; el asesino, Mark Hoffmann; el novelista, Simon Worral.
La poeta, 1830-1866; el asesino, 1954-; el novelista que, coqueto, oculta su edad, publicó este su primer libro en 2002.
La poeta, la intocable de las letras estadounidenses, la misteriosa, la famosa desconocida.
El asesino, el falsificador más notable, responsable de la quiebra de numerosos coleccionistas y de la pérdida de credibilidad de algunas casas de subastas.
El novelista, “journalist, author, traveller”; vaya, ya se me cuela el prejuicio.

El libro, precioso, como todo lo que publica la editorial Impedimenta. Con su sobrecubierta de un papel semigrueso que parece verjurado. Con su tamaño acariciable, como de bolsillo. Con su collage de la cubierta “a partir del daguerrotipo de Emily Dickinson de 1847”







La lectora que tiene el libro en su lista de lecturas deseables y que lo recibe como regalo de una amiga muy querida. Magia es la habilidad con la que el cariño acierta al elegir.
La lectora, salivando ante el triángulo, poeta, asesino e imagen de tía Emily, que le promete una novela sabrosa, lástima que sea corta, trescientas y pico páginas. 
La lectora, que antes de empezar a leer disfruta del tacto del libro, de la vista de su materialidad hermosa, perdónesele la pedantería; del olor del papel.
La lectora que alarga el placer de la lectura, marea el libro, lo ojea, lo hojea. Y lee esos textos publicitarios de la contraportada que hablan de libro apasionante, de leer pegado a la silla; de libro “que explora el filo que separa arte y artificio, genialidad y locura” (cáspita, esto va a ser un novelón)
Y empieza la lectura, precedida de cita de Dickinson, como no podía ser de otro modo, “el corazón quiere lo que quiere o, si no, se vuelve indiferente”
Simpatía total por el narrador desde la introducción; simpatía por Daniel Lombardo, el bibliotecario que persigue el poema desconocido de Dickinson. Intriga en el prólogo, brevísimo, que muestra la borrachera de poder del falsificador y asesino. A partir de ahí, y hasta el epílogo, una mezcla de sensaciones con la sombra de la tomadura de pelo.
Investigación periodística, documentación actual, documentación histórica, narración atractiva. La lectura atrae y engancha y lleva a indagar sobre la iglesia mormona. Quizá influye que la lectora tuvo en otro siglo alguna discusión con esos chavalitos que van en parejas por el mundo expandiendo la fe de Joseph Smith, esos Elder John y Elder Charles, según reza en su chapa identificadora, que se niegan a explicar su credo a mujeres si no están acompañadas por su marido. Documentación muy atractiva sobre la falsificación de documentos que investiga incluso la composición de la tinta. Las marrullerías de las casas de subastas, las de algunos expertos en arte y literatura, las de los prebostes de la iglesia mormona. Todo en este libro es atractivo, incluso el asesino, al que no hay forma de comprender.



¿Dónde está entonces el problema? Porque parece evidente que la lectora encuentra algún problema. Me temo que son dos.
Uno. El libro parecía una novela. No es una novela. Es una “narración de no ficción” , según la página web del autor (“journalist, author, traveller”) Su objetivo, Mark Hofmann, falsificador y asesino que pretendía desenmascarar a la iglesia mormona.
Dos. Emily Dickinson como pretexto. Pretexto para dar relieve a la figura de Hofmann; pretexto para que el autor, en el epílogo, luzca sus conocimientos y opiniones sobre Emily Dickinson y su obra.
Los dos se encierran en uno: El título, precioso, y la ilustración de la portada, como pretexto mercadotécnico para vender, como cebo para admiradores de “tía Emily”

Y no era necesario.
Porque el libro, la narración de no ficción, si bien no es lo que el corazón quiere, no lo  vuelve indiferente.

Una reseña profesional para compensar el berrinche de la lectora:


La poeta y el asesino
Simon Worrall
Impedimenta, 2019

domingo, 13 de septiembre de 2020

#poesíasiempre/13

EMILY DICKINSON

 

 

25


Un sépalo, un pétalo y una espina

 

Sobre una común mañana de verano —

 

Un frasco de Rocío — una Abeja o dos —

 

Una Brisa — un brinco en los árboles —

 

¡Y ya soy una Rosa!

 

 

 

 

82


No repararíamos en una flor tan pequeña —

 

salvo porque en silencio trae

 

el pequeño jardín que perdimos

 

de regreso al Césped.

 

Tan fragantes asienten sus Claveles —

 

Tan ebrias dan vueltas sus Abejas —

 

Tan plateadas arrancan un centenar de flautas

 

de un centenar de árboles —

 

Aquel que ve esta pequeña flor

 

por fe pueda observar claramente

 

los Charlatanes alrededor del trono

 

y los dorados Dientes de león.


 

Emily Dickinson. Herbario & Antología botánica. Editorial: Ya lo dijo Casimiro Parker.

 Emily Dickinson. Herbario & Antología botánica. Editorial: Ya lo dijo Casimiro Parker.




755


 

¡Cambiar! Cuando lo hagan las Colinas —

 

¡Vacilar! Cuando el Sol

 

se cuestione si Su Gloria

 

es la Más Perfecta.

 

¡Saciarme! Cuando el Narciso

 

lo haga de Rocío

 

Como ella — Señor

 

Yo lo haré — de Ti.

 

 

 

 

1779


 

Para hacer una Pradera es necesario un trébol y una abeja

 

Un trébol, y una abeja.

 

Y un ensueño.

 

Bastará solo con el ensueño,

 

si abejas hay pocas.

 


 

Lila Downs, Niña Pastori, Soledad - Que Nadie Sepa Mi Sufrir

 

sábado, 10 de diciembre de 2022

#poesíaenotoño/23

Bogotá (Colombia) 1989
Premio Creación Joven Loewe 2005



Izquierda: María Gómez Lara. Foto Néstor Gómez. El Tiempo
Derecha: Emily Dickinson. Última imagen ya vestida de blanco. Wikimedia Commons



EMILY DICKINSON

Nací el mismo día que Emily Dickinson
casi dos siglos después
y las cosas han cambiado un poco
desde entonces

no tuve
su entereza ante el dolor
ni su oído sutil para las revelaciones

vivo en un edificio alto
donde no llegan los pájaros
sólo un ruido de sirenas
que no canta

es una ciudad inmensa
aquí todos somos Nadie
pero no hemos aprendido
a guardar el secreto:

al caminar regamos
nuestra nada en las esquinas

Nací con la piel oscura
en un país del trópico
y vine a buscarla a este estruendo
tan lejano de su voz
que se enredaba en las praderas

la imagino callando en los ladrillos
veo sus manuscritos de letras apretadas

como ramas de tinta negra
que se quiebran
en cualquier envoltura
en la lista de mercado
y se enlazan otra vez
para inventar el mundo

Nací un diez de diciembre como ella
y no traje ese silencio

sin embargo

gracias al conjuro
de repetir sus versos
mientras cambian los semáforos

estoy a flote

todavía



Sarah Vaughan - Somewhere Over The Rainbow

sábado, 14 de noviembre de 2020

#poesíaalarmada/20





8

Cuando las rosas dejen de florecer, querida,
y se acaben las violetas,
cuando los abejorros en solemne vuelo
hayan ido más allá del sol

y la mano que se paraba a  recoger
en este día de verano
yazga ociosa, en lo Rojizo-
toma entonces mi flor, ¡por favor!


69

¡A mi alcance!
¡Pude haberlas tocado!
¡De aquella forma habría podido!
A paso tranquilo a través de la aldea,
dando un plácido paseo.
Las violetas insospechadas
yacen ocultas en los campos,
demasiado tarde para los dedos anhelantes
que pasaron, hace una hora.

Emily Dickinson. Herbario&Antología Botánica
Ed. Ya lo dijo Camilo Parker,2020




Cecilia - Un ramito de violetas (Vídeo Playback TVE 1975)

miércoles, 25 de marzo de 2020

#yomequedoencasa/11

                  



                                  824

El viento comenzó a mecer la hierba.
Con ruidos graves y amenazadores
envió una amenaza a la tierra
y otra amenaza al cielo.

Las hojas se desprendieron de los árboles
y se esparcieron por todas partes.
El polvo se arremolinaba,
como agitado por unas manos,
y por el camino se alejaba.

Las carretas se apresuraban en las calles.
El trueno, lentamente, se desató;
el relámpago mostró un pico amarillo
y una lívida garra a continuación.

Los pájaros levantaron
las empalizadas de sus nidos.
El ganado corrió a los establos.

Cayó una gigantesca gota de lluvia, y luego,
como si las manos que sujetan los diques
se hubieran levantado,
las aguas rompieron el cielo,
Pero pasaron sobre la casa de mi padre
y solo rompieron un árbol.

            Emily Dickinson. El viento comenzó a mecer la hierba