“Y yo, ¿cómo me voy?
Afuera no alumbra la luna llena y hay frío y lluvia invernales.” Así se despide
Javier Reverte de su otoño romano, recordando la noche de luna llena en que
otro viajero, Ovidio, tuvo que dejar la ciudad que amaba para partir a su
destierro rumano de Constanza.
Y yo ¿cómo me voy? ¿ cómo
termino la lectura de este libro que me permitió acompañar al autor por una
ciudad amada? Con nostalgia, con melancolía y con la esperanza de que la moneda
arrojada a la fontana de Trevi me compre el billete de vuelta a Roma. Mientras
eso sucede, es un placer acompañar a Javier Reverte en sus paseos romanos y
reconocer lugares y emociones vividas, aunque no en otoño, sino en un inclemente
agosto.
El autor vive temporalmente en la Real Academia de España en Roma mientras escribe su libro y recorre la ciudad siguiendo tanto sus propios
itinerarios como los pasos de otros viajeros ilustres que disfrutaron de Roma,
la amaron y dejaron testimonio escrito de sus estancias en ella.
De septiembre a diciembre Reverte recorre calles y plazas,
museos y jardines, restaurantes y cafés y de todo ello deja en el papel
constancia, así como de las emociones y sentimientos que experimenta. Comparte con sus
lectores su mirada sobre un bocadillo de porcheta, un grupo de jóvenes que se
pasean o una escultura de Miguel Ángel y en todos los casos cumple la función
de lazarillo que ayuda a transitar por el mejor lugar posible. La Roma conocida
emerge con complacencia de la memoria y la Roma desconocida susurra al oído de
la lectora sugerentes cantos de sirena para suscitar su interés.
Y los cantos de sirena llevan irremediablemente a Ulises y a
otro libro de Javier Reverte, Corazón de Ulises. No voy a releerlo para hablar
de él. Me basta con el recuerdo de las emociones removidas por su lectura
aunque no pueda recordar el itinerario seguido por el autor. En mi ejemplar
había un mapa del Mediterráneo dibujado a mano alzada con el recorrido
realizado por el viajero y su hijo. La presencia del hijo añade al libro otra
mirada que completa la del hombre adulto que recorre los caminos de aquel
Odiseo que, de la mano de Homero, se empeñó en identificar vida y viaje y que nos
empujó a llegar a Ítaca, cada uno a nuestra Ítaca.
Grecia y Roma. Siempre estarán en nuestro origen y serán una
etapa deseada en nuestro viaje. En nuestra vida.
Un otoño romano. Javier Reverte. Plaza Janés Editores, Barcelona,
2014
Corazón de Ulises. Javier Reverte. Círculo de lectores, 2000; Debolsillo, 2013
¿Cómo lo hacen? ¿Cómo lo plantean? ¿Cuándo se dice una a sí misma “mí misma, llegó el momento, empieza a poner esto en orden”?
Poner en orden. Imagina, es gratis, que te da por estudiar, que te haces, un suponer, tu filología con entusiasmo, ilusión y con notas corrientillas. Imagina, además de gratis se acerca peligrosamente a la realidad, que tienes una pasión desmedida por libretas, libretinas, cuadernos, agendas y hasta rollos de papiro si fuera posible. Sigue imaginando que empiezas y no terminas de emborronar todo ese recado de escribir que decían los antiguos, porque, en tu imaginación, igual podrías ser escritora. Imagina, ilusa, que te vas a Oxford, Universidad de Oxford, of course, tú, que has llegado a ser alérgica a la lengua del imperio, a dar un par de cursos de literatura española. La imaginación es la loca de la casa, decía tu amiga Teresa, la de Ávila, así que es incontrolable, y te ve paseando, elegantemente ya puestos, la toga por el campus más antiguo del iunaited kindon. Y, como ya vas desbocada, te ves inmersa en esa idealizada vida universitaria inglesa que tanto envidiamos desde aquí con ese papanatismo ibérico tan nuestro. Departes (qué fino) con colegas de gran inteligencia y con alguno más borrico, incluso con algún exagente del sobrevalorado MI5, que el Superagente 86 ayudó mucho a desmitificar a Bond, James Bond. Asistes a comidas claustrales espantosas, te emborrachas, perdón, vacías botellas de scotch de excelente calidad mientras tu mentor, porque hay que tener un mentor, o dos, te aburre con sus batallitas. Y vas al cine, y a las librerías de viejo, donde te abres una cuenta, ya puestos a ser snobs, seámoslo a conciencia. Y te acercas a Londres, en tren, a cenar en algún sitio fino, o a Reading, a correrte una juerga y recordar al tío Óscar. Y sigues emborronando libretinas, que tendrás que traer en esa maleta llena de libros que los intelectuales llevan siempre consigo aunque se les olvide la de la ropa. Y esas libretinas, en esa imaginación tuya tan fértil y desmadrada, están llenas de ideas, diálogos, frases ingeniosas y profundas que tus lectores subrayarán un día, descripciones agudas e irónicas. En fin.
Poner en orden. Ya estás en tu casa, la que añorabas desde la niebla de Oxford y desde la que suspiras con melancolía por el río Isis, y te dispones a escribir tu novela. ¿Cómo se hace? ¿Cómo lo hacen? Las escuelas de letras seguro que hacen un buen trabajo pero igual es que no hay fórmulas universales. José Luis Sampedro no lo hacía igual que Carmen Martín Gaite a pesar de que ambos tenían colecciones de cuadernos “de todo”. Y tú, ni en sueños serías capaz de hilvanar medio capítulo de esa historia que te persiguió durante dos años.
Quizá porque el orden en todo eso lo pone el talento y tú, aunque en tu desvariada imaginación te veas sentada en un sillón de la Academia y renunciando a premios, desengáñate, tú no eres Javier Marías.
JAVIER MARÍAS. Todas las almas. Alfaguara Bolsillo, 1998
Después de las seiscientas páginas de Americanah y de las quinientas, entre los dos, de El arte de volar y El ala rota, que me tuvieron zascandileando con intensidad de Nigeria a Estados Unidos y de Peñaflor a Francia, después del torrente de emociones provocadas por los tres libros, después de tanta intensidad y borrachera lectoras ¿qué voy a leer yo? Sé que me entendéis: se queda una enredada en el ánimo de los personajes a los que conoció y acompañó, cree ser su amiga y se resiste a abandonarlos. ¿Abandonarlos? No seas presuntuosa, no te necesitan para nada, eres tú la que quiere disfrutar de ellos un ratito más.
Pero el vicio solitario de la lectura tiene poca conciencia de la lealtad y en seguida se pone a buscar sustitutos. Claro que no es fácil. A ver este, que lleva esperando tanto tiempo, de qué irá, Sus ojos en mí, precioso título; a ver, a ver, qué es eso de que Gracián y Santa Teresa tuvieron un afaire; pero si son de diferente siglo. Y resulta ser otro Gracián, un tal Jerónimo, fraile descalzo y talentazo, además de guapo, que encandiló a la santa, quien, enamoradiza, puso sus ojos en él. No pinta mal, Fernando Delgado, pero no es eso lo que busco ahora. Lo voy a dejar en la estantería esperando mejores tiempos, otro par de años, por ejemplo, y me voy a dar una vuelta para despejarme.
Una vuelta que se precie casi siempre incluye entrar en una librería. (Recordaré el año de la crisis del papel higiénico por la imposibilidad de “dar una vuelta”, ay, señor) Y en esas vueltas, si dios no lo remedia, siempre “cae” algo. O dos.
Y aquí están, cual puerta de Alcalá, para que yo en vez de ver pasar el tiempo disfrute de él.
Theodor Kallifatides. Este va a ser griego pero el paisaje nevado de la portada no cuadra bien con la Grecia que imagino. Dale la vuelta, a ver de qué va. Y allí está la provocación: “Nadie debería escribir después de los setenta y cinco años”, le dice un amigo al autor. Pobre Theodor, para qué quieres amigos así.
Autor griego, emigrado a Suecia en los sesenta, en los tiempos en que la inestabilidad política del país llevaría al golpe de los coroneles. Cambió el griego por el sueco, se casó con una sueca (muérete de envida, Alfredolanda), tuvo hijos suecos a los que no quiso hablar en griego, escribió toda su obra en sueco, y, un día aciago, descubre que es incapaz de escribir, pero que no puede vivir sin escribir. Y es cuando el amigo intenta animarlo. Tenía pendiente un homenaje en la escuela de su pueblo, Molaoi, y vuelve a Grecia con su mujer. Los niños de la escuela interpretan a Esquilo. Las palabras de Esquilo. En griego.
Apenas ciento cuarenta páginas de sabiduría, indagación interior y emociones contenidas. Viaje exterior y viaje interior. Y claro que acaba bien y recupera su escritura, pero lo importante es el camino desandado para llegar a encontrar su sitio, la lengua, el griego. Este libro pasa directamente a colocarse entre mis pequeños tesoros.
Ya había pagado, pero un ojo quería como irse por su cuenta ; cuando intentaba sujetarlo me guio hasta Javier Reverte que acaba de presentar su viaje a Venecia, Trieste y Sicilia. La mano sigue al ojo y entre los dos llevan el libro a la caja registradora, qué se le va a hacer.
Corazón de Ulisesfue el primer libro de Javier Reverte que cayó en mis manos y en ellas sigue, con otros que escribió después. Este, Suite italiana, dice ser un viaje literario con Thomas Mann, Joyce, Rilke y Lampedusa. Estoy en ello, me lancé de cabeza. No sé si me apetecerá escribir algo sobre él cuando lo termine. No importa, no hace falta; ya sé, pasadas unas docenas de páginas, que me va a gustar mucho, que voy a disfrutar de ese viaje. No es que haya olvidado a Antonio y a Petra, ni a Ifemelu y Obinze, es que puedo pensar en ellos con alegría y, al mismo tiempo, puedo hacer sitio a nuevos personajes reales o de ficción; para todos tengo sitio en mi corazón lector. Objetivo conseguido.
Una friki. Parecía una friki del libro electrónico. ¿Todavía se usará friki? Que a estas edades se pierde mucho contacto con la realidad y a lo peor ya nadie usa esa palabra y se me va a notar el carné de identidad. Pues eso, una friki, todo el día con el chisme electrónico p’acá y p’allá. En la sala de espera del dentista se me colgó y estuve a punto de volver a morderme las uñas, después de tantos años de abstinencia. Pero el libro aquel lo merecía.
No es que no haya leído nada en estos últimos meses. Como hago siempre, leí de todo y mezclado, un revuelto de cosas estupendas y otras que ni siquiera mencionaré. Javier Reverte siempre me apetece desde aquel lejano Corazón de Ulises, el libro con el que lo descubrí. Ahora leí La frontera invisible. Con pena, porque fue su último libro publicado, escrito cuando ya estaba enfermo, y me pareció notar un poco de esa melancolía que les suponemos a los finales. Un recorrido en solitario, como todos los suyos, desde el Bósforo hasta Mascate, desde Estambul hasta el oriente fértil aquel de las clases de historia; un viaje que enseña tanto como una buena clase de historia. Y después, para desengrasar, un simenon, que es siempre una buena opción, en este caso, Maigret y la vieja dama.
Y si una amiga, que no voy a nombrar porque ella no querría salir en estos papeles, una excelente amiga de esas que tengo en mi almáciga, me regala una edición preciosa de Memorial del convento pues qué le voy a hacer, volver a leer el Memorial del convento y volver a disfrutar de una escritura magnífica, y comprobar, una vez más, que no se es la misma persona que la que lo leyó hace equis años, que vamos cambiando según vamos viviendo; como lo del río aquel del filósofo griego, vaya.
Y si otra amiga, del mismo calibre que la anterior, te regala lo último de Ángeles Caso, Las desheredadas, pues, hala, a disfrutar como gorrino en lodazal. Con el estilo fluido que la caracteriza y que incita a leer sin descanso, Ángeles Caso se ocupa en este ensayo de grandes mujeres creadoras de los siglos XVIII y XIX que fueron ninguneadas por la historia oficial, esas mujeres que no solo no aparecen en los libros de filosofía, de literatura o de arte, relegadas al olvido, sino que, en su propio momento vital recibieron el rechazo de muchos de sus colegas varones a pesar del éxito que lograban en su desempeño profesional. Produce vergüenza ajena que Emilia Pardo Bazán no lograra entrar en la Academia porque a ese hatajo de encumbrados escritores realistas con los que tenía buena relación no les apeteció admitirla, no fuera a ser que no pudieran tener en la docta casa esas elevadas y nobles conversaciones de varones en taberna. Ese ilustre señor Palacio Valdés, el no menos ilustre señor Pereda, el respetadísimo señor Clarín, que añadió al rechazo el insulto en la prensa. Y si vamos a la Frans, la de la libertad, la fraternidad y la igualdad, vemos que una pintora tan notable y respetada en su país y en el extranjero, como Élisabeth Vigée-Le Brun solo pudo acceder a la Academia Real de Pintura y Escultura por orden del rey, presionado por María Antonieta. Excelente el libro de Ángeles Caso. ¿Para cuándo la reedición de Las olvidadas?
Me encaldo, como decimos en mi tierra, así que será mejor volver a la friki en la que me estoy convirtiendo.
No me gusta leer en dispositivos electrónicos. No se lee solo con los ojos, se lee también con el tacto del papel, con su olor, con su aspereza o suavidad. El peso del libro en la mano también ayuda a la comprensión lectora, y volver páginas atrás para recuperar ideas o para repetir el disfrute de algún párrafo aumenta el placer de la lectura. Y llenar las hojas de rayajos con un lapicero Staedtler Noris HB número dos (de acuerdo, vale cualquier otro) también. Pero la vida moderna tiene alguna cosa buena, no os vayáis a creer, y un libro-e, aunque te priva de todo lo anterior, te permite llevarlo contigo con poco peso y poco volumen; además puedes leer libros de la biblioteca pública a través de e-biblio, así que el sacrificio puede merecer la pena en ocasiones. ¿Cómo que qué es un libro-e o un e-libro? Pues ese chisme mal llamado e-book. Juraría que tenemos suficientes palabras como para bautizarlo.
Y la friki, el año pasado, se compró un e-libro para emergencias. La primera fue Middlesex. La última se llama Madre de leche y miel. Conocía a Najat El-Hachmi por sus artículos en la prensa y sentía curiosidad por un texto suyo de 2004, Yo también soy catalana. Hace tiempo supe de su novela Madre de leche y miel, que ocupaba su sitio en una libretina de esas que nunca miro cuando voy de librerías. Luego ganó el premio Nadal en 2021 con El lunes nos querrán. Así es que se estaba convirtiendo en una emergencia de lectura y, como no la encontré en mis librerías de referencia, que ya les vale, recurrí al engendro tecnológico.
Preciosa. O precioso. Porque parece una novela, pero las vivencias de la autora y de su madre están en el libro, o le sirven de inspiración, porque ¿quién sabe lo que hay de realidad, de experiencia personal, en un libro como este? Najat El-Hachmi emigró con su madre a Cataluña, donde ya estaba su padre. Ella era una niña. Esa es la situación que comparte con los personajes de su novela, con Sara.
Ichata, Zraizmas, Fátima, Sara. Cadena de madres de hijas. Ichata, Zraizmas, madres de leche y miel. Fátima, madre de leche. Sara… Porque todas las madres pueden dar leche, pero no todas saben dar miel, como dice la cita de Erich Fromm que encabeza el libro. Madres, hijas, mujeres en un mundo de varones, de encierro, de hostilidad. Madres, hijas, mujeres fuertes que pueden convertirse en hombres. Mujeres separadas de su familia para entrar en la del marido y que sea lo que dios quiera:
“¿Cómo podía ser ley de vida que la hija que le había nacido del vientre, a quien había amamantado, que había criado con todos los sustos y sufrimientos de hacer crecer una criatura, que le había hecho compañía y de quien sentía la piel como si fuera propia, cómo podía ser que ahora se tuviera que marchar a casa de unos desconocidos y quedarse a vivir allí para siempre? Si tenían suerte y eran buena gente, compasivos y generosos, la hija visitaría de vez en cuando a su madre, y la madre la podría ir a ver como hacía Ichata con Zraizmas, pero ya no estarían nunca más la una con la otra; serían para siempre invitadas la una en casa de la otra, sin un lugar común y propio para compartir.”
Fátima, después de varios años en Cataluña, de donde solo una vez volvió de visita, regresa a casa de su padre y cuenta a su madre y a sus hermanas todas las penalidades y las alegrías de su nueva vida para pedirles ayuda con una determinada situación y para hacerlas partícipes de sus errores y del porqué de las decisiones que tomó en cada momento. Su relato es la transcripción, por así decir, de un relato oral, Fátima no sabe leer ni escribir, y es heredera de una buena estirpe de narradoras orales: los capítulos en los que se oye su voz reflejan la autenticidad de la experiencia en primera persona, con todo el atractivo de los relatos orales tradicionales de su lugar de origen, el Rif, incluidas las repeticiones, la musicalidad o la lentitud. Fátima responde a la petición de sus hermanas: “Nárranos, dulce hermana, nárranos.” ¿Cómo evitar que se nos venga a la cabeza el “Háblame, musa, de aquel varón”? La narración oral, siempre tan atractiva.
La voz narradora de Fátima se alterna en capítulos con una voz narradora oficial, tradicional, que completa su historia y la de su familia. Y empieza con un capítulo titulado “Salir de madre”, donde vemos el destete de Fátima o cómo esta sale de su madre; pues hasta los dos años lunares de la niña, era una con Zraizmas, su madre y a partir de ahora saldrá de ella, serán dos. ¿A que ya se intuye la poesía, la magia del relato? Duro, tierno, irónico, testimonio de una manera de vivir que no nos gusta, testimonio de una cultura que se basa en el ninguneo de las mujeres y, a la vez, en su fortaleza.
Sé que ya picasteis, que ya estáis corriendo a la biblioteca a buscar el libro. Objetivo cumplido. Por si todavía no lo conseguí, ahí van otras palabras de Fátima que hacen innecesarias todas las demás:
“ya empezaba a pensar, hermanas, que nuestra desdicha de mujeres tenía mucho que ver con nuestra falta de educación, que si yo hubiera sabido leer mis circunstancias quizá habrían sido muy diferentes.”
Así que sí, parecía una friki del e-libro. No lo podía soltar de la mano mientras duró la lectura. Porque la lectura es un vicio exigente y no importa cuál sea el soporte, papel o pantalla.
Pero si me pedís que elija entre papá y mamá, mi corazón pertenece al libro de papel. Perdonadme, bosques.
Najat El Hachmi. Madre de leche y miel. Editorial Destino.
Ángeles Caso. Las desheredadas. Editorial Lumen.
Javier Reverte. La frontera invisible. Editorial Plaza y Janés.
Simenon. Maigret y la vieja dama. Editorial Anagrama Acantilado
José Saramago. Memorial del convento. Edición especial para Liberia Lello, Oporto
P.S.
¿Qué con qué estoy ahora? Margaret Laurence. El ángel de piedra.
Promete, sí.
miércoles, 15 de julio de 2026
EL HÚNGARO NO ES FELIZ:
Último día en Budapest, de Sándor Márai
Ser una mujer con pasado es lo que tiene, que se van acumulando vivencias, deseos, planes realizados o no, pero también filias y fobias, algunas, inconfesables y otras, inexplicables. Sobre las inconfesables conviene correr un tupido velo, pero que muy tupido.
Y de las filias inexplicables, aquí va una. In illo tempore, cuando hacía poco tiempo que se había dejado de decir la misa en latín (no me resisto a meter aquí una morcilla, porque las misas no se dan, esto me saca de quicio; las misas se dicen, se rezan, se ofician, se celebran, o se concelebran, si son muy solemnes, pero no se dan), in illo tempore, decía, cayó en mis manos una novela de un escritor de nombre impronunciable, Lajos Zilahy, Primavera mortal; aquellos libros Reno, de feliz memoria y traducciones discutibles, favorecían estos descubrimientos. Budapest era para mí la capital de Hungría, había estudiado la geografía física y política de Europa, era aficionada a los mapas, en el libro de geografía universal de mi bachillerato había una foto del parlamento de Budapest y con eso estaba cubierta mi cuota cultural.
Y entonces llegó Lajos Zilahy. Después de Primavera mortal les tocó el turno a Las cárceles del alma y a El almase apaga y, por fin, Los Dukay. Entonces se produjo el milagro, Hungría y Budapest, sobre todo Budapest, pasaron a ser mis territorios míticos, o, mejor, unos de mis territorios míticos, porque a lo largo de la vida fui acumulando muchos más. El telón de acero y las telarañas de mi cartera contribuyeron a alimentar el mito ante la imposibilidad de plantearse un viajecito. Los libros de Lajos Zilahy se volvieron inencontrables y otros autores eran desconocidos; solo la película Cortina rasgada era una posibilidad de alimentar el mito. Ya, sí, que la protagonizara Paul Newman también ayudaba.
Y hete aquí que pasan unos años, bastantes, y en 1999 la editorial Salamandra publica El último encuentro, de un tal Sándor Márai. Pues otro hallazgo; me gusta usar la palabra hallazgo para estas y otras cosas que, si no, se la van a apropiar definitivamente los médicos y para nada bueno. Después vinieron La mujer justa, La amante de Bolzano o La herencia de Esther. Pero mi olimpo húngaro estaba un poco incompleto hasta que Javier, mi Amado Jefe, me dijo tienes que leer esto, ¿o fue al revés? ¿quizá fui yo la que le dije lee esto? Esto era La puertay,su autora, Magda Zsabó. Y así completé si no el olimpo, al menos su santísima trinidad.
Y todo este rollo, que dirían mis niños, para llegar a que estoy leyendo una obra deliciosa de Sándor Marái.
Sándor Maráivivió entre 1900 y 1989. En 1948, con la llegada del comunismo, abandonó Hungría, después de haber sobrevivido a los nazis. En ese momento era uno de los autores de más prestigio de la literatura europea, pero al ser prohibido en su país fue condenado al olvido y no fue redescubierto hasta la caída del comunismo.
Este libro que leo ahora, recién traducido al español, fue publicado en 1940 con el título Simbad vuelve a casa. Simbad era el protagonista de muchos relatos de un escritor y periodista húngaro, completa e injustamente olvidado, al que Sándor Márai consideraba su maestro, Gyula Krúdy. Krúdy, que tuvo una vida breve, fue un personaje bohemio, de aquellos de la bohemia de entreguerras. Márai siempre reconoció en él a su maestro y con esta novela le rinde tributo. La compone con recuerdos de Gyula Krúdy y con los suyos propios y es una novela, no una biografía de Krúly, aunque este sea el protagonista convertido en Simbad, el marino, y la personalidad de este Simbad sea la de Krúly. La novela recorre un día de la vida de Simbad, un día muy especial, en el que sale de su casa en Óbuda, casa que ya abandona pocas veces, porque tiene escribir y entregar un artículo en el periódico para conseguir los dieciséis pengös que necesita para comprar un vestido a su hija Zsoka. Promete a su mujer que volverá pronto a casa para cenar y que no beberá nada por el camino. Y la lectora empedernida sabe que no va a cumplir su promesa, no de modo premeditado, no, lo hará como sin querer porque un escritor bohemio no es que mienta, es que las circunstancias lo van a llevar por donde solía, que la bohemia no tiene horarios. La lectora recuerda a Max Estrella, escritor bohemio con esposa e hija, y recuerda su última noche, con Latino de Híspalis, por las calles de Madrid, de un Madrid castizo en vías de extinción y no puede evitar preocuparse por Simbad. ¿Tendrá Simbad su Latino, su taberna de Picalagartos, su Enriqueta la Pisabién? ¿Le dolerá a Simbad Budapest como a Max le dolía Madrid? ¿Conseguirá el dinero para el vestido de su hija y cumplirá la promesa hecha a su esposa? ¿Estará Simbad reconcomido por la amargura como Max? No tiene sentido preguntarse si esta será la última noche de Simbad porque el título en español, Último día en Budapest, es un destripe, ay.
Simbad se despide de su esposa, la del final de sus días, la que le había traído paz, que los escritores no se avienen con la felicidad, y se sube a un carruaje detenido ante la taberna de enfrente. El cochero lo reconoce y sabe a qué sitios lo tiene que llevar y a cuáles no. Porque a Simbad lo que le duele es la Hungría que ya no existe, que se está desvaneciendo y siendo sustituida por costumbres irreconocibles y demasiado modernas; el cochero lo sabe y lo comparte, y se alegra de servir una vez más al viejo escritor. A ellos se unirán a lo largo del día Ede, el maître literario que había alimentado a varias generaciones de escritores, aún más duro que Simbad con los escritores del momento, a los que reprocha su modernidad, tienen la desvergüenza de “practicar deportes, van a nadar y a esquiar, y se dedican a otras actividades igualmente sospechosas, supuestamente saludables”. Artúr, el cuentacuentos, y Várdali, el discípulo, se le unirán a lo largo del día y serán los confidentes de las palabras y de los silencios de Simbad. Porque Simbad habla, o piensa, mucho, pasando revista a la Hungría tradicional, la que los escritores crearon durante mil años en la llanura ocupada por Árpad con la lengua extraña e incomprensible en su belleza para todos sus vecinos, traída por él y sus hombres desde sus tierras originarias en oriente. Reflexiona sobre la vida y la muerte, sobre hombres y mujeres, con especial interés en la vida y las ocupaciones de los húngaros, varones fuertes, tristes y melancólicos; mira hacia atrás y se pregunta dónde están, qué se hicieron, “qué habría sido de aquellos hombres, de aquellas figuras superiores de la edad heroica?”. ¿Y este ubi sunt? Al modo de Jorge Manrique lo desgrana en una taberna, con sus acompañantes, el cochero y el poeta, ante un trozo de tocino, el summun de la despensa húngara, el “queso de cerdo”. Sobra decir que desde el momento en que aparece el queso de cerdo en la narración a la lectora empedernida se le cuela una sonrisa que no la abandonará en toda la lectura.
El amor por su esposa y su hija, el recuerdo nostálgico de su padre, allá en provincias, la vida sencilla de la aldea frente a la ciudad, Pest, las redacciones de los periódicos, las apuestas en las carreras, los cafés de Pest, las viejas rivalidades con Viena o Praga, la comida, el vino, Hungría, los húngaros altivos, recios y viriles además de melancólicos y tristones. Y la escritura y los escritores. ¿Por qué escribía Simbad, el marino, que solo había visto el mar una vez, de niño y que nunca había viajado al extranjero? Márai empieza en la página103 a decir por qué escribía Simbad y apenas termina en la página 150; y no, no se hace pesado, ni aburrido, ni reiterativo, es un disfrute el recuento de todos los motivos por los que escribe Simbad; y es un disfrute la habilidad con la que Márai maneja las enumeraciones de motivos, las explicaciones de alguno de ellos, el vocabulario ajustadísimo a lo descrito y narrado. Y la lectora empedernida alimenta la sospecha, y casi tiene la certeza, de que Sándor Márai recrea la figura de Gyula Králi, sí, pero la completa con su propio yo, de manera que ese Simbad de palabras y silencios es también reflejo de los silencios y palabras de Sándor Márai.
Muchos años después de Lajos Zilahy, después del suicidio de Márai y de la caída del Muro de Berlín y del régimen comunista húngaro, la lectora llegó a Budapest dispuesta a disfrutar del deslumbramiento. No había leído a Sándor Márai pero Budapest era, en ese momento, como Simbad la había visto años atrás: triste, sucia, como una vieja dama ajada por el paso del tiempo y las penurias, brillante debajo de toda la grisura. Melancólica y sin felicidad. Pero los mitos se sobreponen a todo. Comí gulash, bebi Tokaj de cinco putonyos, arrastré el cansancio del turista por las calles de Buda y los cafés de Pest, compré cacharros y telas, visité el mercado, un paraíso para los sentidos, acompañé a una legión de guiris de todas las nacionalidades en un paseo en barca por el río, ese Danubio vertrebrador de Europa. Y prometí volver. Agún día.
Y la lectora empedernida volverá. Porque entre mitologías y pasteles de Gerbaud, en la plaza del poeta Vörösmarty, se descubrió dueña de alma húngara, nostálgica de la Gran Llanura, melancólica y poco propensa a la felicidad, como los varones húngaros llegados de oriente con Árpad.
P.S. Y llegué al final sin mencionar a Sissy, Emperatriz de Austria y Reina de Hungría ni al Conde Andrassy. Bien.
A veces leo libros y no escribo nada sobre ellos. A veces porque me gustan poco o nada, o me son indiferentes y, entonces, para qué escribir. A veces porque me gustan mucho o muchísimo y, entonces, para qué escribir. Para qué añadir palabras que no van a estar a la altura, que no le van a hacer justicia al libro, que van a parecer simple adulación. Escribo sobre los libros que leo porque me gusta, por mi propio placer; si, luego, a alguien le gusta lo que digo y le apetece leer el libro, miel sobre hojuelas, porque a quienes leemos nada nos gusta más que hablar y hablar sobre lo leído con gente igual de entusiasta. Pasa también con las películas, nada como una peli hablada entre amigos después de salir del cine, con una cerveza o un café delante.
A veces escojo los libros a conciencia, y apunto en alguna de las muchas libretinas que colecciono (quién puede resistirse, en la papelería, al olor y el tacto de una libretina nueva, o de un lapicero) los que quiero leer. Puede ser una amiga, un programa de radio o el escaparate de una librería quien me dė el chivatazo. O el golpe de gracia cuando vas a comprar tus dos libros anotados, sé comedida, no te pases, y vuelves con tres distintos porque desde la mesa de la librería gritaban tu nombre y no te ibas a hacer la sorda.
Y a veces lees una crítica tentadora de un libro, pero no, no puede ser, no vas a comprar todo lo que te apetece. Porque lo de comprar libros de papel es otra, que si lo lees en ebiblio y te gusta mucho acabas en la librería, eso fijo. Y pasados dos meses y en un sólo día, otras dos críticas elogiosas y, lo que es más importante, una amiga que las avala. La suerte está echada, eso es una señal, tienes que leer ese libro ya, pero es domingo y vives en provincias, tienes que programar una excursión a la capital para el lunes, aunque todas las vecinas te miren al bies porque los lunes son días de lavadoras y tu tendal va a ser el único vacío y triste en todo el barrio.
Y, como era de esperar, de la excursión vienes con dos libros, dos, porque es el centenario de Ángel González y hay una edición preciosa, ilustrada por Pablo Auladell y prologada por Javier Rioyo, que tienes que llevarte a casa, aunque los poemas de amor que reúne ya los tengas en otros libros. Perdón, señor, porque he vuelto a pecar y no siento ningún dolor, ni de contrición ni de ninguna otra clase. La culpa fue de Nórdica Libros que hace unas ediciones que son una tentación mayor que el chocolate.
Y “Comerás flores” es el libro que me sirve de excusa para toda esta palabrería anterior, que no sé cómo me aguantáis, la verdad. Chica en duelo por la muerte de su padre conoce chico mayor y como de película americana de esas de amor y lujo. Hasta ahí puedo contar, que ya sabéis que no me gusta destripar historias ni finales. Claro que no es una novela rosa, claro que va a ser duro ver a Marina, la protagonista, hundirse y olvidarse de quien es para dejarse convertir en quien no quiere ser. Y dan ganas de gritarle sal de ahí, coge a tu perra y huye lo más lejos que puedas. Pero sabemos, porque la realidad nos lo enseña a diario, que es difícil, que cuando quien dice quererte te anula tú te lo crees. Ay, que ya me voy yendo de la lengua.
Es la primera novela de Lucía Solla Sobral. Escritora joven pero que no creo que sea una joven promesa, ni una escritora en ciernes, como dicen los críticos vagos, porque su escritura tiene voz propia, es madura y fresca a la vez, convence, atrapa, arrastra. No pude leer en el tren de vuelta porque coincidí con una vecina y no se puede ser borde, queda feo no hablar con las vecinas. Aproveché que llovía para hundirme en el sofá con el libro. Y tuve que poner para comer un cocido, que se hace solo, como todas sabéis, porque necesitaba terminar el libro. Y, además, tenía que escribir algo sobre él, porque me gustó mucho, aunque corra el riesgo de hacer la pelota. Así que ya estáis tardando en haceros con él, que se nos viene un puente fabuloso para leer y este libro es un librazo.
Sobra decir que la autora pasa automáticamente a la almáciga, que es el más alto honor que otorga este blog.